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Every couple of days I try to write something. Anything. Whatever it takes to keep the ink flowing. Here you'll find everything from short stories to blog entries and poetry. The content below is 30% real, 40% fiction, 15% embellished and 22% miscalculated.

HOMESICK

In his old NY apartment, whenever he was feeling nostalgic he would just look out the window and the grass of the nearby park would remind him of his front porch back home. Now, when he looked out the window, the tiny blue dot staring at him from afar did nothing to appease his feeling of homesickness, and he was consumed by the vast, black emptiness around him.

SUENA LA PELOTA: SUEÑOS E ILUSIONES

El inicio del año siempre es tierra fértil para plantar ilusiones. Algo tiene ese metafórico cierre de ciclo que apachurra botones internos; hay un clic, y entonces todo lo que nos parecía malo ya no lo es tanto. Ya son cosas del año pasado.  Para las adversidades, tan fácil como voltear hacía abajo, ver calzones rojos y pensar qué más da, total, este año encontraré el amor.

 

Son bonitas estas épocas, en verdad. Claro, están los blues invernales y el frío, pero del otro lado de la moneda están nuestros renovados bríos para hacer contrapeso a la cuesta de enero. Los gimnasios se llenan y la gente se pone a trabajar. Bien se dice que cada cabeza es un mundo, y algo tiene el año nuevo que torna ese mundo en algo donde todo puede pasar, y todos tratamos de alargar ese fugaz momento en el que nos creemos invencibles.

 

Para los futboleros la satisfacción es doble, pues llega el mercado de fichajes. Una fábrica de sueños que ilusiona y hace creer que, en ese reburujo de estrellas y técnicos, el equipo de tus amores encontrará el rompecabezas correcto para levantar la copa.

 

Sin importar de dónde eres ni el poderío financiero de tu equipo, se renueva el deseo y la ferviente esperanza de que esta temporada salgan campeones. Aunque el once inicial acabe siendo el mismo gato pero revolcado, una voz dentro de ti te dice que ahora sí, que esta temporada es la buena.

 

Y las uvas se van en que llegue el refuerzo bomba, que Alonso ya no meta el camión atrás, que ganemos el doblete... y así, una en una.

 

La buena noticia es que lo más importante de estos inicios de un nuevo ciclo no es necesariamente el resultado final. Da igual si las uvas se cumplen o no. Lo importante es la esperanza que nos provoca por dentro, ese combustible esencial para seguir caminando.

Suena La Pelota es una colección de columnas que usa al futbol como mera excusa para hablar de la vida. 

EL MUNDO SE ACABA TODAS LAS NOCHES

Est. Reading Time: 3 min. 

Dicen en la tele que el mundo se acabará mañana. Lo han dicho ya por unas semanas, aunque aún no saben muy bien cómo sucederá. Hay teorías para todos los gustos. Desde aliens hasta que nos iremos quemados por el resplandor de una luz gigantesca y brillante. El canal de noticias que tienen en la pequeña tele del Oxxo está elaborando ahora una teoría acerca de una ola gigante, que empezará en la costa de Tamaulipas y terminará no sé en donde, porque Ramón, el güey de la caja, interrumpe mi concentración. Que si deseo donar los centavos.

 

“Cabrón, yo para qué voy a querer donar centavos si mañana ya no habrá nada.”

 

Ramón revira: “Al contrario señor, para que se quiere quedar con centavos si ya mañana no habrá nada.”

 

Este cabrón. Quién diría que un güey del Oxxo me iba dar mi último golpe de filosofía. Y quién diría que mi última cena serían unas Canelitas y una Fanta. Si hay vida después de esta, también tendré que hacer dieta.

 

Atrás de mí dos chavas medio guapas platican acerca de qué cerveza comprar, absueltas por completo en ese detalle tan trivial. Admiro a la gente que se deja llevar y vive la vida con facilidad, sin preocupaciones, incluso con el fin en puerta. La admiro por las mismas razones que admiro a los que pueden cantar o a los que hablan francés: porque yo no puedo.

 

Todavía ayer me puse a limpiar mi casa. Mi psicólogo me dice que fluya, que deje que las cosas suceda, que no sea tan estresado. “Que no te preocupe, que te ocupe” es otra de sus favoritas. Por eso heme aquí, ocupado comprando pinches Canelitas, teniendo Oreos en la casa. Hoy planeo cenar, ver el juego que tengo grabado de cuando le ganamos a Alemania hace ya 10 años, y a dormir. ¿Así o más valemadrista? Tómala psicólogo.

 

El camino a mi casa se divide en mitad ciencia ficción, mitad comedia romántica. Hay quienes tomaron el fin del mundo para amar y hacer las paces. Hay quienes lo aprovecharon para tomar y hacer desmanes. Hay quienes todavía piensan que es cortina de humo; plan maquiavélico del gobierno. Por ende, el lado izquierdo de la calle es todo orden, mientras que el lado derecho es un desmadre que anuncia el apocalipsis. Mi casa está del lado derecho.

 

Abro la puerta y miro mi reloj. Quedan dos horas para el fin del mundo. Bien. Suficiente tiempo para cenar, ir al baño y morir a gusto. Prendo la tele y me tumbo en el sofa con mis Canelitas y mi Fanta. Tres galletas resultan ser suficientes. Me emociono con el juego por enésima vez y mi pierna tumba la mesita plegable, dejando caer la bolsa de Canelitas. Las dejo en el piso. Que las recoja E.T. mañana.

 

Me acuesto acompañado del ruidazo que hay en casa de los vecinos. Ayer escuché decir a Luis que iban a hacer una pedota con countdown y todo. Como fin de año. El güey no me invitó. Al cabo que ni quería.

 

Prendo la radio para ahogar un poco el ruido. Me recuerdan que el mundo se acabará mañana. Pero total, el mundo se acaba todas las noches. Afuera de mi ventana hay una luz gigantesca y brillante. Creo que son las luces de la camioneta de mi vecino. Creo.

VIVIR MATA

Cuando despertó, sus problemas seguían ahí. Su doctor le había recomendado dormir pequeñas siestas durante el día para aliviar el estrés, pero el sólo lo veía como postergar sus problemas. Las cosas empeoraron cuando empezó a soñar con sus problemas, y entonces sus sueños se volcaron a pesadillas. Pero lo que en verdad trastornó fatalmente a Fulgencio fue cuando empezó a soñar despierto. Nunca aprendió a desentenderse, y cuando descifró que vivir mata, el prefirió adelantársele a la vida y terminar con ese último pendiente.

TRAINS

He went to the station knowing all too well he wouldn’t like the train he was going to take. And not because he didn’t care for the destination or because of any weird malfunction pertaining to the train itself. In fact, most days he didn’t know which train he boarded or where it was headed. But still. He just knew he wouldn’t like it because, invariably, every train would keep him from boarding another, maybe better one.

 

He’d been there yesterday. And the day before. And so many other countless days that they all now blended into a blur. And he knew he would go again tomorrow. And it would be the same train as always, with the same faceless passengers and nondescript upholstery. And he would press his face against the train window, feel the clickety-clack of its wheels against the cold glass, and sense the train sputter another universe from within its machinery.

SUENA LA PELOTA: ESTAMOS LOCOS

Yo ya llevaba un poco más de tres meses contándome la misma mentira.

 

Verás, los sábados antes los vivía distinto. Los sábados de estadio por lo menos. El café sabía más intenso; a los pulmones llegaba más aire. Y luego entraba al estadio y seguía rituales ya memorizados: llegar al asiento, saludar a los vecinos, pedir la misma cheve del mismo cartero y, durante el partido, emocionarme con las mismas cosas de toda la vida. Un gol. Una jugada de fantasía. Una polémica arbitral.  

 

Contrario al alcohol, al sexo o a un sinnúmero de cosas en la vida, el futbol parecía no disminuir sus efectos con la repetición de dosis.

 

Pero después de cinco años de estar en tierras gringas y de haber estado a cinco minutos de comprarme una gorra de los Lakers, un jersey del Galaxy y de declararme fan a muerte de los Dodgers, yo pensaba que la Liga MX ya me daba igual. Y mi indiferencia me preocupaba, porque nada mata de manera más contundente que la indiferencia. Puedes odiar algo pero cuando pasa al terreno de la indiferencia es cuando de verdad las cosas se ponen jodidas.

 

Entonces fui a ver el Rayados vs. Morelia, partido con el cual regresé al BBVA tras 835 días, y con la emoción que sentí comprobé que una cosa es dejar de ir a misa y otra dejar de tener fé.

 

Esta semana fui por un libro de futbol. Lo mandé pedir desde España, monitoreé el envío por mes y medio, fui hasta la cineteca a conseguirlo, y mediante todo este ajetreo me sentí como Pabón y el esfuerzo sobrehumano que hace cuando corre despavorido por toda la banda derecha.

 

Y fue ahí, en los parques de Cintermex, bajo el ardor de la canícula, que caí en cuenta que mi sueño es que alguien, algún día, haga esfuerzos similares por leer algo mío como el que yo hice por leer este libro de Ballester.

 

De chiquito mi sueño era ser futbolista, pero ya me di cuenta que no me gusta el futbol. Al menos no cómo para perseguir un libro bajo el calor de 40º grados. O cómo para emocionarme nuevamente con un juego de los Rayados, que, en el fondo, fue igual que cientos que lo precedieron. Llegué, encontré mi asiento, saludé a los vecinos, pedí mi cerveza y, claro está, me emocioné igual que como toda la vida. Y es que es una locura hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes.

Suena La Pelota es una colección de columnas que usa al futbol como mera excusa para hablar de la vida. 

CASCADIA

Est. Reading Time: 7 min.

I still remember the day I heard the news.

I felt in my throat something reminiscent of 9/11. A sort of collective dread that you not only feel inside, but can also sense in the world around you.

I was staying over at my mom's for the weekend, and I went down to the kitchen for breakfast to find her watching the news. While I was rummaging in the fridge for a quick bite, I kept asking my mom how'd she slept, but she didn't answer. Then I tuned in to the press coverage on the news.

Cascadia had happened.

An underwater earthquake so powerful it made the infamous "big one", the one that the San Andreas fault was supposed to bring, look the little one.

That day, precisely at 8:45AM CT, the Cascadia fault lines had finally ruptured, causing a tsunami that wiped the entire West Coast. Despite what Hollywood predicted, in the end the thing that broke us wasn't aliens or a meteor; it was the ground below us. We always crumble from within.

My heart plummeted when I saw the images on the screen. Not because of the shaky footage of the massive wave, or all the bodies floating upside down amidst all the rubble. But because she was there. I didn't know where exactly. But somewhere in the West Coast.

The last time I'd had any contact with her had been three years ago. She was in Dallas back then, but I'd heard from a friend of a friend of a friend that she'd moved to the West Coast since then. She'd sent me a text asking if I'd used her card to purchase something from Amazon. My answer was an obvious no. But that simple text was all it took to make the base of my stomach tremble and wreak chaos all inside me. It took me months to recover from that text, especially because there wasn't any follow-up after I answered.

 

So when the blonde reporter announced the deaths were in the millions, the structures I'd built around my heart for the last three years shattered in an instant. And this time, I knew no amount of months was going to be enough to recover.

Less than 24 hours later I'd signed up to be a volunteer on the Mexican rescue brigades. There were about 700 of us. They flew us to Tijuana and from there they divided us into groups of 10, put us in military-issued vans, and drove us to California. Sacramento was going to be our first stop.

On the drive, amidst small talk and marinitas, we all kept learning more and more about Cascadia, at least while the internet lasted. Scientists had known about it for years, especially those in research centers in the Pacific Northwest, where the tsunami hit hardest. And it wasn't that they hadn't done anything to prepare for it, it was that they had underestimated the power of Cascadia. In fact, they'd built a wall on the outer edges of Portland, the area of biggest impact, that stood 80ft tall. According to experts, the biggest wave wouldn't surpass 70ft. The 80ft wall remained for about 80 seconds when the wave -standing strong at 120ft- impacted, taking with it all the bridges in bridge city.

 

We reached San Diego at 3A.M., and even there, on the southernmost edge of the West Coast, the damage was heartbreaking. Army, Marines, NATO and UN doctors were already pulling out dead bodies from under the water and tending to the few that managed to survive.

Our van and about 50 others kept on going. Help was needed somewhere else.

The first "Welcome to LA" sign greeted us at the crack of dawn, and I was surprised it was still standing, considering its modest height. As expected, in addition to US armed forced and emergency response medical teams, there was foreign help from France, Germany and England helping to sort out the chaos.

In the middle of what I could only assume to be Wilshire Blvd. I jumped from the van. I heard the screeching of the tires as the van stopped. Sebastian and Marcelo were calling out my name, but the sound soon became muffled as I sought cover amongst the chaos of bodies. I hid until I was sure the van had continued on its way. I felt a tinge of guilt for straying from my brigade, but I remembered my mission: I wasn't here to save as many as I could. I was here to save her. Just like she'd saved me from the wildfires of 2017.

My plan, or the vague resemblance of one, was to start in LA and work my way up. I had a picture of her I'd printed from her Facebook and enough food to survive for days. Besides, in every other town it seemed as if the entire world had come together to save the nation that thought of itself as the world. Food wasn't going to be an issue.

That night I slept in a shattered gas station that was close to my old apartment, right in the heart of Burbank. I kept having dreams of her in white and burgundy.

...

I woke up and I decided to exhaust every option in LA before heading north. I searched for her in that shoddy bar down by the beach where we used to play pool on Fridays. I asked the three remaining survivors I encountered if they'd seen the girl with the three scars, but they all said no.

In James' Beach I saw an old pick-up truck that didn't look completely destroyed. I tried the door and it was unlocked. For 30 minutes I tried to jump-start it by flicking two cables together, before realizing the keys were sitting in the co-pilot's seat. Almost as if they were waiting for me.

I scoured Santa Monica with nothing but concern and regret in my stomach, before finally giving up. Just to rule them out, I drove by the lighthouse, the pier, and the place with the really cheap ice cream. All the old familiar places. But she was nowhere to be found.

As I drove north through dozens of nameless towns I kept asking people for her whereabouts, but no one knew. And the people that knew wouldn't tell me.

On my travels I met a man with only one rib, whom the town people told me could bend time and space. I pleaded with him for hours to take me back three years before Cascadia, but he was reluctant to spend his gift on lost causes.

...

On the fourth day of the third month of searching for her I decided to head back home. I concluded that if she was alive, she probably didn’t want to be found. By then I was smack in the middle of what was left of Salem, if my satellite GPS was to be trusted. The destruction here had been so thorough that help hadn't even arrived. There were no survivors to help.

As I made my way down I stopped for gas at Eugene, and couldn’t help but shed a few tears with all the GO DUCKS memorabilia wafting on 3 inches of putrefied water. I wiped away the last tear and my eyes followed a floating green jersey to the doorstep of Taylor's Bar.

On my drive back I wondered many times why I'd searched for her to begin with. No matter what, she was gone. Even if I had managed to find her, I didn't think I'd recognize her. Cascadia would've left bruises. She'd have a different haircut. A different voice. A different past. And on the off-chance my mission proved successful, a part of me feared that she'd rather surrender to the water than make another memory with me. She was gone. Cascadia had come one morning, out of the deep blue, and it'd swept with everything.

I punched the wheel and floored the pedal, wanting to put the battered roads of PCH behind me as soon as possible.

LLUVIA

Le dije a mi abuela de la lluvia.

 

Ella había sugerido salir a cenar, cuando de la nada empezó el tormentón, y los relámpagos parecían amenazar nuestros planes. –Al rato se quita –dijo, sin cambiar el ritmo con el que se meneaba en su mecedora.

 

Lo dijo con una serenidad bastante ad hoc a su edad. Un "al rato" que no sabías si serían cinco minutos o cinco vidas, pero que inspiraba una calma y una confianza absoluta de que, en efecto, al rato se quitaría la lluvia, y mientras tanto todo iba a estar bien. Lo dijo como quien ha vivido tres mil tormentas idénticas, y entre las sutilezas imperceptibles de cada una de ellas ha aprendido a distinguir los diferentes ritmos de los vaivenes del viento. Lo dijo como quien ha vivido tormentas de verdad, y un poco de lluvia ya no la despeina.  

SUENA LA PELOTA: EL CAMINO NO TOMADO

En una vida llena de decisiones y sorpresas, estamos condenados a mirar, aunque sea de reojo, al camino no tomado. A andar por ahí en nuestro día a día, sopesando la idea de que ahí afuera, en alguna línea de tiempo alterna, hay otro tu viviendo las desventuras de la vida que decidiste no vivir.

 

Algo así como Marty y el Doc en la segunda parte de Volver al Futuro, cuando regresan a casa sólo para darse cuenta que el presente que conocen está arruinado, fracturado por decisiones que se tomaron años atrás y que desviaron el destino de la historia.

 

Es difícil vivir con esta idea en la cabeza. De hecho, una existencia ligera se torna inviable sabiendo que cada decisión, tan pequeña como ir a tomar un café, puede cambiar el rumbo de tu vida.

 

Quizá el hombre más triste del mundo sea Julen Lopetegui. Y quizá el entienda mejor que muchos esta dicotomía. El español acaba de ser despedido del club más grande del mundo tan solo cuatro meses después de ser nombrado al cargo. Y el problema no es que esté desempleado. Después de todo, mejores técnicos que el han sufrido la misma fortuna.

 

El problema es que hace cinco meses Lopetegui tenía las riendas de la poderosa selección española, fuerte candidata para llevarse la copa del mundo, en sus manos. Todo iba bien hasta que le ofrecieron el trabajo de sus sueños, y Julen no pudo decir que no a los encantos del Real Madrid.

 

Cientos de opiniones se han tirado respecto a si Lopetegui tomó la decisión correcta. Yo creo que es imposible juzgar a alguien a quién le tocó el más difícil de los escenarios. Tenía enfrente la opción de dirigir a dos de los equipos más codiciados del mundo, y ante ese escenario es imposible salir victorioso. Muchos dirán que es una situación de ganar-ganar, pero la realidad es más gris que eso, pues no importa qué elijas siempre sabrás que renunciaste a la alternativa. Y en caso de no alcanzar la felicidad extrema o el éxito rotundo, tu mente te hará añicos ante las inevitables comparaciones con el camino no tomado.

 

Me imagino que la mente de Lopetegui, en los instantes posteriores al anunció de su despido, era tierra fértil para sembrar cientos de hubieras. Desde entonces dicen que el pobre ha estado merodeando las calles del barrio de Moratalaz, imaginando lo que pudo haber sido, preguntándose como se quedó sin el pan y sin la torta en un abrir y cerrar de ojos.

Suena La Pelota es una colección de columnas que usa al futbol como mera excusa para hablar de la vida.

COPENHAGEN

Snow. It enveloped everything. Every dusty corner of her flat in Copenhagen cast a grey glimmer over the afternoon, brought about by the continuous downpour of ice particles and water. It'd been this way for four days now, and it didn't show signs of stopping. 

She was thinking about how she used to like snow storms. She interpreted them as God's way of telling us to slow down, simply because there was no other way around it. You couldn't go out and you couldn't work because the Internet usually went down. And so it was that routine and obligation slowly gave way to thoughtlessness and abandonment. 

But that was a lifetime ago. Half a week since yesterday to be exact. Her thoughts and a ticket stud that was lying next to her on the sofa from the last movie they went to see together made her smirk. We're not who we were five minutes ago.

Now she felt trapped. Every trinket and unturned corner reminded her of him. She'd tried to go out the day before, thinking that the freezing wind gusts weren't a match for her hopelessness, but as soon as she stepped foot outside she was surprised to discover that nature could still hurt her even when she was feeling dead inside.

It had started to snow an hour after he had left, leaving her bawling on the bedroom floor. She couldn't help but think the two were related, but doing so only gave the event more weight, so she attributed it all to coincidence. Then she cursed the snow, hating it for not coming sooner. That way, he couldn't have left even if he'd wanted to. He would still be here. Even if it was a lie; something forced by the circumstances. That would still be better than this, a ghost who was here but wasn't. 

Him. The snow. Her memories. It all came together, smothering and overpowering her, making her surrender to the fiercest storm of her life. 

THE HUNT

I laid still as the light snow fell on my back. Day was starting to break and a bright orange hue was creeping along the tree line as it slowly reached the brook just below my vantage point. Up fifteen feet or so, where I laid I could see almost anything that might walk out of those trees. I was perfectly still. My rifle balanced on a small rock allowing me to use the scope without sway. I had camped out for days trying to track the mysterious creature whose existence was only fueled by rumors and tales of survivors. I didn’t believe in aliens, ghosts, or the like so I set off in search of it, determined and undeterred. But I was not prepared for what I saw in the scope. While scouting the tree line my vision was impaired by the glint and shimmer of an unknown light. The reflection from another scope. Pointing right at me.

MY FRIENDS WITH THE COOL LAST NAMES

We had last names fitting to start a law firm but somehow we all ended up being underpaid creatives. A year ago, in an overcrowded hotel room in San Diego, she told me, after everything we've been through, could you imagine a year ago that we'd be here, sharing this moment together?. I could not. Who knows where we'll be when we see each other, somewhere, sometime, next year. My first day in LA I went out with her. We went to the beach and to get some drinks. She was single, I was not. My last day in LA I went out with her. We went to the market. I was single, she was not. It's funny how life can go full circle. 

Like with him. We sat next to each other our first day of the creative program. Years later, without us knowing beforehand, we were seated next to each other at our creative internship. That second first day, a little over a year ago, he told me, of all the internships at all the agencies at all the cities, could you have imagined that we'd be sitting here together?. I could not. Who knows when we'll seat next to each other again. At an airport, a bar, a classroom. Some place. Some other time. 

MIS SIETE DESPEDIDAS

Siempre me matan las despedidas. Alexa, Brianna, Daniela, Tomasa, Maria y Clara se habían llevado una de mis vidas con ellas, y ahorita estaba gastando otra con Carolina.

Nuestra relación de novios, de manera formal, llevaba media semana, y estos tres días y medio han sido suficientes para darme cuenta que no. Que con ésta no es. Pero heme aquí. En unos tacos de Polanco donde el taco sabe igual que en Tepito pero cuesta lo mismo que en Londres.

Nuestra primer pelea de novios había sido hace tres días, cuando estábamos decidiendo donde ir a cenar. Ahí aprendí que es mejor darle por su lado a menos que quisiera cenar a la hora del desayuno, una vez que Carolina hubiera terminado de discutir.

Por eso yo le ponía la mejor cara posible a mi segundo taco cuando Carolina empezó hablar de una bolsa de diseñador, una Balenciaga o algo así. Quizá me equivoque. Yo pretendía escuchar mientras Carolina me decía las características de la bolsa, y me contaba con un tonito asombrado cómo la bolsa no estaba a la venta, sino que te tenían que invitar a que la compraras. O alguna mamada así. Siempre que me habla de banalidades como esa, la cual ocurre prácticamente cada día, es cuando me pongo a cuestionarme porqué terminé las cosas con Clara. Fue por sus exabruptos; por sus prisas; por su latente inmadurez. Recuerdo haber pensado "que hueva."

Previo a eso había estado María, la reina del passive-aggressiveness, quien solía sacar mi lado más asertivo. Impulsiva y aventurera, era como una mesa redonda que no embonaba con mi mantel cuadrado, pero me encantaba cómo redondeaba mis esquinas. Claro, hasta que me puso el cuerno con un negro, y eso me encabronó, a pesar de que yo la había engañado con 3 rubias.

Brianna era como el agua, siempre buscando un contenedor que la pudiera contener. Alexa tenía las manos frías. Daniela se cansó de esperarme.

Tomasa era un amargo recordatorio de las clases de español de secundaria, por tratarse de un pasado imperfecto.

Pero la que más me dolía era Clara. Y no por ser la ex más reciente, sino porque en el fondo sabía que mi decisión de terminar con ella no fue más que el miedo a sentir que me estaba perdiendo algo mejor. Fue por perseguir la promesa de que allá afuera había algo todavía mejor para mí, y que Dios no sería tan cruel como para guiarme por malos rumbos a malgastar otra vida.

Al sentirme atorado con Carolina a veces trato de convencerme de que no es tan mala. Es bonita. Llena los silencios y el espacio en mi departamento. Y después de todo, es mejor esto que estar solo.

Llegué a mi quinto taco, y los ruidos de la avenida ahogaban un poco las palabras de Carolina, que seguía hablando de la misma bolsa. O a lo mejor de otra. Mientras el día llegaba a su fin recordé que curiosamente todos los finales de mis relaciones habían llegado en los inicios del día.

Recuerdo los tonos claros de la mañana, los lugares, las lágrimas y las palabras. Pensé que quizá era momento de romper el ciclo y acabar una relación en la tarde, y que la noche me diera una ventaja leve para empezar a reponerme.

Pero no pude, porque en el reburujo de mis recuerdos resaltaba el dolor; el dolor que siempre sentía al verlas partir, y ver una versión de mi morir con ellas.

WHO'S THERE?

The last person alive on Earth heard a knock at the door.

RELIC OF A BYGONE ERA

He was a machine. A product of the modern era, the new guy was more time-efficient those fancy Swiss watches. He got more things done by 10am than most people did all day. He made us look bad. Obsolete even. He took on every task assigned to him without complaint; the strong blends of early mornings and late nights, sweetening up the clients who came in, or even the boldest endeavors I used to tackle back in the day. We would look at him and wonder, how does he do it?

 

Then, one day, he stopped showing up to work. We heard he’d been transferred to another floor, but some of my more envious colleagues ventured to say he’d had a breakdown and simply stopped functioning. I saw him a couple months ago on TV. After two years, he looked like he hadn’t aged a day. If anything, he looked even better.  His stainless steel body was still immaculate, his water reservoir just perfect and no button out of place. It was the first time in a long time that me, a traditional brewer, felt jealous.

 

 

 

Excerpt from a campaign done for Keurig.

BLIP

And then it was Monday. The weekend had gone by in hazy flashes of faces and neon lights. Just a blur, instantly forgotten, never regretted, and eternally yearned for over the next five days.

MOM SHOES

I love it when you laugh, because the sound you let out gives me a glimpse into the girl you were that I didn’t get a chance to meet; a small window where I can peek on to a time that didn’t exist for me. It’s kind of like seeing you in the morning, tousled hair and smelly breath. It’s invaluable. The rest of the world gets the tidy, sharp version of you. I get to see you for who you are, beneath the layers of makeup.

 

You put your mom shoes today. It’s true, everyday you look more like a mom, and you look beautiful. I love your mom shoes. They give me a glimpse of who you could be in a couple of years.

MAKING WAVES

The four of us sat in silence at the edge of the ocean. I remember the noise from the pier as the cold sand pressed against my legs. The tranquil rhythm of the water matching our stoic façades. I was shivering, and I remember thinking what a waste. The night had given me this postcard moment to think about the frailty of destiny, the instants that brought the four of us here. Together. A moment to overanalyze the vastness of the ocean and read more into the gentle coming and going of the waves; view it as a metaphor for how life takes and life gives. Maybe reflect on love.  

 

But I was shivering, and I could only think of dinner. The gentle chattering of teeth to my left told me the others were in a similar place. But we sat in silence, neither of us wanting to make waves and ruin this serene sundown.

UN CABRÓN SIN PASAPORTE

Regresé huyendo de la soledad y la incertidumbre, solo para encontrar que la compañía aquí resulta igual de elusiva. Y que la certidumbre esconde cierta tempestad en su calma. Me vine persiguiendo sueños de familia, y de amistades que fueran más allá de 9 a 5, pero me he dado cuenta que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Que el presente no es ayer y que hay cosas que es mejor dejar en ilusiones. Busqué consuelo en el calor de mi tierra, sólo para extrañar una cultura que había desdeñado como fría. Estoy atorado en tierra de nadie; residente permanente de una embajada perdida. En la frontera para entrar al reino de la pertenencia, soy un cabrón sin pasaporte. 

OBIT

Est. Reading Time: 10 min. 

Being an obit writer for The Hangleton Times meant dealing with life and death everyday. Literally. That morning, Mr. Bernhardt got to his desk to find the same purple envelope waiting for him. How it got there or who put it there he didn't ask. He never wondered. He didn't care.

He opened it and took out a piece of paper with a list of names on it. He scanned the list. Today wasn't so bad; only two people were scheduled to die. Except -- damn.

He rubbed his fingertips on the corner of the page and realized a second page had been included in the envelope. Second pages were never good news. Second pages were the Maybes. He hated the Maybes. They meant more work and immense pressure. The previous obit writer, Margot Robinson, got fired because she put that a person had died when he hadn't (he was officially dead for two hours though), and the paper got sued by the man because now that he was officially dead nobody would hire him.

Mrs. Robinson had been writing for the paper for 35 years.

Almost immediately Mr. Bernhardt placed a call to his editor. "Yeah, I saw. We've got a Maybe." Mr. Bernhardt only talked to his editor about three times a year - at the office Christmas party and when there were Maybes, so he'd forgotten how coarse his voice was.

"That's right. 33-year-old woman by the name of Rose Dunham," said Mr. Bernhardt.

"Take all the overtime you need. And remember, we need confirmation. Wait till the last minute if you have to. Don't fuck it up."

Right. No pressure.

First off, he had a call to make. He phoned the doctor tending to Rose Dunham.

"Hello, Dr. Bruno speaking," said a deep voice.

"Dr. Bruno, this is Peter Bernhardt from the obit department at The Hangleton. I was just calling to gauge how Ms. Dunham is doing."

"We're actually prepping her for emergency surgery right now Mr. Bernhardt. She's got two broken ribs and a collapsed lung, which is causing some internal hemorrhaging."

"What would you estimate her chances are?"

"I'm really not comfortable making that assessment at the moment."

"I see. Well, I'll be calling in from time to time to check her status. I'm sure you understand."

"I do."

"Thanks for your help. Please call me if there's any developments."

"Will do."

The line went dead. Time to get to work. The first name on Mr. Bernhardt's list was John Mercer, 78. He opened his drawer and took out a fat folder - Mr. Mercer's file. He started skimming.

John Mercer had been born in this city, on a Sunday, to Jacob and Julia Mercer. He was their only son. John lived a pretty standard childhood, spending his time between school and friends. When he was 13 he started helping out his dad at the family restaurant. As a busboy then as a waiter. He met a girl called Marsha when he was 17 and within a few months they married. Instead of college, he decided to start a shipbuilding business. He took care of finances and Marsha handled the marketing side. Within a few years, their company had expanded to three cities. And their family too. John and Marsha were now parents of a boy, Todd, and a girl, Josephine.

A little after Josephine's birth Mr. Mercer decided to move to Maine to lead their newly opened branch. It was there that he met Angela and again within a few months he got married to her. In the divorce, Marsha got half of White Sails, rebranded the company, and eventually ran him out of business. Angela, pregnant with their first baby, left him soon after.

When Mr. Bernhardt got to the birth of John's third son he realized his back was sweating. The stress was getting to him. It took him another three hours to finish getting through John's file, because he couldn't concentrate. After reading of John's tragic end, he typed into his computer:

John Mercer, shipbuilder, dies of a brain hemorrhage at 78

 

The second name had a thin file attached to it. Barely one page. He hated thin files. They made him sad. The obit for that one almost wrote itself. He typed into the computer:

 

Bettie Davis, beloved daughter, dies at age 3.

A pop-up window served him a system error. "Syntax Error 406: Repeat." That's right. No two obits could be the same. There was a knack to writing these. After 243 years of recorded obits, you had to keep it fresh. Which is weird when you consider the subject matter. He tried again:

Bettie Davis, beloved daughter and Blues Clues connoisseur, dies at age 3.

It worked. He continued with Bettie’s obit.

He pressed enter and stared at his own reflection in the computer, noticing a new batch of gray hair on his temple.

That was it. He was done with work, except for Rose. Might as well get cracking with her file. Have an obit ready just in case. But even as he thought that his mind gave him a whirl of procrastination ideas. After five years of working as the obit writer, he'd grown desensitized to death. He could read a file depicting the most inspiring, tender life story coming to a tragic end and not even feel a tickle. But with Maybes it's different. You can't help but cheer for them while they still have a chance.

He opened her file and a beautiful brunette smiled back at him from the 5x8 photo. Hazelnut eyes and crisp brown hair. An amazing smile. She had a cute freckle right at the left corner of her mouth.

He decided to give the doctor another call before reading the file. He got a nurse instead.

"What do you mean the surgery's gone for longer than expected? Why?"

"There's been some complications sir. I'm afraid I don't have the details, but I'll be sure to tell Dr. Bruno to give you a call as soon as he can."

"Please do." He hung up and got back to the file.

Rose's birthday was coming up. She was born March 7, in East Hangleton. Just like him. She had an older sister and a younger brother, who was born three years later.

When Rose was four her parents decided to homeschool her, due to lack of quality education in East Hangleton. Something he was all too familiar with. But growing up homeschooled and in rural Hangleton didn't mesh with Rose. She wasn't exactly what you'd call a social butterfly, but when he got to the part of the file that described her fifth birthday he could tell Rose didn't exactly love her world. Her parents had decided to take a camping trip to celebrate, just the five of them, but all she wanted was a day trip to the city to see the buildings and eat in the farmers’ market.

When he got to age 10 he chuckled. Rose must've been the only other living person in Hangleton to have read the Eragon novels as a kid. She'd actually found a first edition on a family vacation in Bend, when they stumbled on an antique bookstore ran by an old lady named Helga. Helga and Rose became pen pals and stayed in touch ever since.

Like him, she was also a writer, although she had actually succeeded and made her living writing children's novels – The Life and Times of Molly Skyes. He smiled; he had actually seen those books when he went to the town bookstore on Saturday mornings for coffee.

She'd had her first boyfriend when she was 16. Roger. When she met him she genuinely thought that he would be the one she'd spent all her life with, but that thought quickly turned laughable when she found out how utterly religious Roger and his family were. It's not that she had anything against religion, it's that Roger's dad yelled at her at a family dinner for holding hands with his son. That was too much.

She'd gone to college at one of those prestigious liberal arts schools on the east coast. Besides her degree in creative writing, the best takeaway she had of those four years was a class she took with professor Holloway her freshman year: Happiness and The Good Life. Their first assignment was to go boogie dancing, and she immediately loved it, and she kept returning to the old-school discotheque every other Tuesday. She and the 65-year-old professor stayed friends after class, and it was thanks to him that she got to see a movie at an actual movie theatre.

Professor Holloway invited her to a screening at a remote theatre, one of the last operating ones, in a small town not far from the university. It was there that she met Tim, an arts history major at the same school who had a part-time gig as a projectionist. They found common ground in art and hiking and they started dating soon after.

It was there that she met Tim, an arts history major at the same school who had a part-time gig as a projectionist. They found common --- Peter stopped when he realized he'd read the same sentence three times already. He couldn't concentrate. His mind drifted away to St. John's Hospital, where the fate of Rose was being decided. And for some reason he was angry at Roger and fucking Tim.

He looked down at his desk and saw Rose's picture smiling at him. He decided to hide her face with an aluminum sandwich wrapper he'd left at his desk yesterday.

Time for coffee. It always kind of made him queasy but right now he needed the caffeine. And the distraction. He made some small talk at the kitchen with Janet from HR - lovely woman. Her second grandkid had just been born a week ago. On his way back he tried to spark a conversation with Eric from Politics, but between Eric and the dead he'd much rather stick with the latter.

Back at his desk, he got back to Rose, feeling a wave of relief when he read that Rose had dumped Tim eight months into their relationship.

A year after graduating she got a much coveted internship at Polished Rock, a publishing house, which would later prove crucial to land the Molly Skyes deal. At first Rose didn't like her job, but she'd made good friends and there was a good place for boogie dancing lessons near, so she decided to stick it out. Eight months later her hard work paid off and she got a job as Richard Vermeer's assistant. It was him who would read the first manuscript of the best-selling series.

 

Rose had never married but when she was 24 she came close. She met a guy, Victor, at work, and within three months they'd decided to tie the knot. They had a venue and a date was set when---

The words on the page started trembling and Peter noticed that his right hand was trembling. Must be the caffeine. He decided to start writing instead of trying in vain to finish Rose's file. He was typing some initial ideas when the phone rang.

"Helloyesdoctor?"

"Hello Mr. Bernhardt, I--"

"How is she?"

Dr. Bruno tore a hole in Peter with his protracted sigh. "You asked me earlier what her chances were. Right now I'd say 80/20. Against. We're doing everything we can but it's not looking good."

Silence. Dr. Bruno let that sink in.

"Mr. Bernhardt?"

"Yes, doctor, thank you. Call me when... when it's definitive."

He hung up and mustered enough strength to finish reading her file. An hour later he started writing her obit.

Rose Dunham, creator of worlds, dies at age 33.

He tried to continue writing the obit but he couldn't. I can't kill her. It was a ridiculous thought, but somehow the world without her seemed like a worse place. His stomach went up to his throat just thinking about it. He removed the sandwich wrapper and looked at Rose's face.

He had to go to the hospital. But he couldn't. But he had to. But it was against protocol.

He hit the pencil holder at his desk, sending pens scattering all around. The sound startled Todd, from Sports.

"Everything ok there Peter?"

"Mhmm."

He got up from his chair.

 

The hum from the vending machine was the only sound in the hallway. The hospital had gradually deserted over the last couple of hours, and the only other person in the waiting area was a middle-aged woman with thinning hair. Peter guessed it must be Rose's mom. He decided to have peanut butter cookies for dinner.

He was on his second cookie when a very short, bald doctor walked in and headed straight for the woman. Peter walked to them and was surprised to see that the deep voice he’d been talking to all day belonged to this tiny, old man.

"I'm sorry, who are you?" asked Dr. Bruno.

"I'm Pe-- Mr. Bernhardt."

"Mr. Bernhardt what are you doing here?"

Before he could come up with an acceptable response, Mrs. Dunham stepped in. "Doctor, how is she?"

"Well, she--"

Peter's phone rang. It was his editor. "I'm really sorry, I've got to take this."

He walked into a corner of the room. "Peter, it's almost deadline. We've got to print."

"I know, I'm working on it. I came to the hospital."

"You what?"

"You said it yourself. It's almost deadline. I wanted updates the minute they were available."

He could tell Ben wasn't happy.

"All right, how's it looking."

"Not good."

"Ok well, send me something soon."

"Will do."

"Oh, and Peter... never break protocol again."

The doctor was leaving. He raced to grab him.

"Dr. Bruno. Sorry, that was the editor. How is she?"

Dr. Bruno shook his head.

"I'm sorry, she's lost a lot of blood and --"

"Is there anything else you can do? Anything?"

"We tried a blood transfusion but her blood type isn't all that common so we don't have enough of it to make it work."

Peter remembered Rose's file. "Take my blood. I'm her type."

"Mr. Bernhardt that's very noble but with the amount of blood we need we'd have to put you in an induced coma."

"Do it."

"Mr. Bernhardt, it's a delicate procedure. There's no guarantees we could bring you back."

"It's ok. I'm not scheduled to die today."

"It's 11:30pm."

A brief silence filled the room.

"Do it anyway."

Greta Puig noticed the clock read 11:55pm as she walked into operating room 0103. She set her small metal trolley in between the two beds, occupied by an unconscious brunette and a thin, middle-aged man, who was viciously typing something on his cellphone.

She straightened her white uniform, wrinkled after an 18-hour shift, and said: "Mr..." she checked the patient's log, "...Bernhardt. I'm going to need you to put that away sir, we're just about ready to start."

"Ok, just one second. Just gotta send this..."

Mr. Bernhardt finished typing and set the phone down on the bedside table. She grabbed a syringe from the trolley and inserted it into his right arm just as the chime of a sent email sounded.

Ben woke up from his doze to the sound of an incoming email. March 1 obit. He opened it and read what Peter had sent him.

Rose Dunham, creator of worlds, may or may not die tomorrow.

I apologize for the uncertainty.

He finished reading it and sent it to the boys on the printing floor. Three floors down, a purple envelope was being placed on Peter’s deserted desk.

GOLD AND GLITZ

Sit. Wait. Stand. Move. Repeat. It was almost like a dance really, once you got in the rhythm of it. It wasn’t glamorous or important or anything. In fact, it was so anonymous it flirted with complete invisibility. Still, Nathan loved his job. He was a seat-filler at the Oscars. Whenever someone stood up to present an award, Nathan would replace him in his seat, so that to the millions of eyeballs watching, the Dolby theater looked full. He loved it. Being in a room where he knew everybody but nobody knew him. Being nobody and yet sitting in the chair of someone admired by everybody. His 15 minutes of unacknowledged fame.

WE MIGHT NEVER MEET AGAIN

“Hello,” she says extending her hand, with a smile that only looks more radiant from his viewpoint; palm trees and gleaming storefronts flank her on either side. It’s on moments like these that Philip sometimes thinks about the countless, nameless people that have crossed paths with him, only to vanish from his life as fast as they came. That coworker who got fired on Philip’s first day on the job, who left the office sobbing, barely hours after having given him a tour of the building. The grad student who shared his life story with him on a plane ride to New York almost a year ago. Did he ever get that job? The girl who gave him his first kiss on summer camp fifteen years ago. I wonder how she’s doing right now. Life is full of stories that start but don't end. 

 

“It’s nice to meet you,” he says, shaking her hand.

STARLIGHT

I could have chewed the starlight tonight. I could have taken it and used it as ink to write the most tangled verses. I saw the galaxies dancing tonight and I thought of how people want the stars to align for them, but tonight I didn't understand how anyone would want to halt the imperfect movement of the sky. Tonight I was unable to understand the world. But for once, I understood the universe.

TERTULIA

Est. Reading Time: 3 min. 

Al morir mi perrita sabía que toda mi familia iba a morir con ella. Yo estaba en Los Ángeles cuando un jueves por la tarde recibí una llamada de mi hermana, que entre sollozos me explicaba que la salud de Tertulia había deteriorado mucho, y que la iban a dormir mañana en la mañana. Mi corazón se hizo chiquito. Más que mascota, Tertulia había sido como una hermana, y por muchos años esa pequeña schnauzer gris fue el único ser vivo que toleré en mi casa.

Me la regalaron a los 15 años, recién salido de la secundaria. Llegué un día a la casa y la pobre estaba temblando en medio de la sala.

-No que eras alérgico? -le pregunté a mi papá.

-No, fíjate que me hice unos exámenes y siempre no.

Aja. Era un chiste a voces entre mi hermana y yo que la "alergia" de mi papá era a los costos y responsabilidades extras que implicaba un perro. Pero no dije nada. Yo estaba feliz con Tertulia, mi primer perro.

Fue ella quien escuchó los primeros tracks que produje, y quien me consolaba de mis desamores en prepa. En la universidad era la segunda al mando en el barco de mis eternas desveladas. Pero más que eso, Tertulia unió a la familia. Mi hermana, súper emo y con una obsesión inexplicable por la geología, le agarro mucho cariño a la perra, y fue gracias a Tertulia que ella y yo encontramos terreno común y nos hicimos más cercanos.

Para mis padres, siempre coqueteando con el divorcio, Tertulia también representó algo así como un bebé de esos que se tienen para salvar el matrimonio. Y funcionó. Incluso cuando yo me vine a Los Ángeles hace dos años, recién egresado de una carrera de esas que según esto te vas a morir de hambre. Me importó un bledo irme de Monterrey, y despedirme de mi familia apenas me hizo cosquillas, pero decirle adiós a Tertulia me partió el alma. Pero no me la podía llevar. No a Los Ángeles, la tierra donde la vida sale más cara, con un salario de asistente de productor.

Fue por eso que al colgar con Beatriz compré el siguiente vuelo a Monterrey. Al despegar el avión, un viejo al lado de mi me preguntó que si me daba miedo volar. La pregunta me sorprendió un poco, pero al ver cómo mis manos agarraban los lados del asiento y sentir una gota de sudor en mi frente, entendí todo.

Yes -mentí. Pero como le iba a explicar que estaba viajando no por negocios o placer, sino para despedirme de mi hermana más peluda, y que eso me estaba llevando la chingada. Me tomé mis pastillas y me desvanecí en una de esas siestas que sólo los ansiolíticos pueden propiciar.

Al aterrizar en Monterrey agarré un Uber directo a la veterinaria que me había dicho Beatriz hace menos de 12 horas. Al ver a Tertulia rodeada de mis padres, ahora sí ya divorciados, y mi hermana, me maldije. Tuve tanto tiempo para pensar en que decirle a Tertulia durante el vuelo y ahora no se me ocurre nada, y menos enfrente de mi familia. Pero quizá era mejor así. De todas formas no había nada que pudiera decir para agradecerle por los últimos 14 años.

De esos instantes recuerdo poco. Recuerdo estar enojado con mi familia, por no darme un momento a solas con Tertulia. Después de todo, era mi perra, y era yo quien más la quería. También estaba enojado con Tertulia, porque no me esperó para un último juego de pelota, o para darle un último Dorito. Pero sobre todo recuerdo haber estado triste. De esas tristezas que te aprietan la garganta. Frente a mí, en una mesa fría de metal, estaba mi único verdadero motivo para visitar Monterrey en Navidades. Lo único que nos seguía uniendo como familia.

El doctor Horacio tomó una jeringa y se la inyectó a Tertulia en la barriga, mientras todos la abrazábamos y empapábamos de lágrimas. Después, uno a uno nos fuimos yendo. En diferentes carros. A diferentes destinos.

SUENA LA PELOTA: FUTBOL ES AMOR

Dicen que nada dispara la memoria mejor que el olfato o la música. Yo le añadiría futbol a la lista.

 

Lo único que no me gusta de los mundiales es que se acaban. Me da un bajón emocional tremendo, porque siempre he batallado para desprenderme. De las cosas. De la gente. De memorias. Estoy seguro que en algún rincón de mi casa sigue estando la caja de Zucaritas dónde mi abuelita escondió un Hot Wheels que me dio a los seis años.

 

Entonces ahorita estoy como niño chiquito después de su cumpleaños. Pero peor, porque el siguiente no llega sino hasta en cuatro años y medio. Llámame exagerado, pero de repente me dan tics en el ojo; síntomas de abstinencia de tener que decir adiós al mundial y todo lo que se llevó.

 

La victoria frente a Alemania en el estadio Luzhniki que todos nos llevaremos a la tumba; los memes de Neymar; el saque de banda de aquel Iraní; las millones de quinielas que se fueron a la basura; el bendito VAR; el despertar de Mbappé (Microsoft Word todavía me marca como mal escrito su apellido, pero estoy seguro que para el siguiente update ya estará registrado en el diccionario).

 

Pero si con algo me quedo es con el Francia – Uruguay. Mi novia y yo estábamos tumbados en el sofá, y no fue sino hasta a principios del segundo tiempo que mi novia se incorporó abruptamente. Tuvo un momento de Eureka. Ah, Francia son los de blanco!

 

Cuánto amor me tiene que tener para chutarse una hora de partido sin siquiera saber quien es quien.

 

También recordaré gratamente cuando mi papá voló desde Carolina del Norte sólo para ver el México – Brasil conmigo. O cuando mi suegro grabó el Croacia – Inglaterra y pospuso un compromiso de trabajo para compartir juntos ese juego. Aceptémoslo. Querámoslo o no, el futbol es capaz de sacar nuestro lado más amoroso.

 

Francia, ahora sí vestida de azul, levanta la copa, y en la programación de la tele ya anuncian el Rayados – Pachuca. Debería haber una pastillita para hacer más fácil la transición amarga de un Bélgica – Brasil a algo cómo un Xolos – Querétaro. Pero la vida sigue. Y por suerte el amor también. Y mientras lidio con este adiós yo me refugio en repeticiones de Wimbledon y en esta columna, y le digo al mundial, al estilo Casablanca, “Hasta luego Rusia. Siempre tendremos esa tarde en Luzhniki.”

Suena la Pelota es una colección de columnas que usa al futbol como mera excusa para hablar de la vida.

JUST FYI

If you’re reading this

 

I still love you

MIEMBRO FANTASMA

Hay gente que se va y luego no sabes cómo volver. 
A ser el de antes. 
El que pensabas que ibas a ser. 
Es como un miembro fantasma, eso de desprenderse. 
Despedirse del pasado. 
Para estar en el presente. 
Sin imaginar el futuro que pudo haber sido. 

SUENA LA PELOTA: HISTORIAS DE VAR

En el verano del 2030, viendo su primer mundial, mi hijo se asombrará cuando le cuente que antes no existía el sistema de VAR, y que el destino del partido estaba en manos de un árbitro igual de humano que nosotros. 

Me encanta el VAR. Me gusta tanto que le tengo envidia. Respeto que tenga sus detractores, pero no los entiendo. Aunque cabe aclarar que no me encanta porque hace del juego algo más justo ni nada de eso, sino por su practicidad de permitir al silbante arrepentirse y – ojo, esto es clave – enmendar errores de juicio. 

Alguien dígame donde comprar uno de esos para la vida. 

En realidad todos nosotros tenemos nuestro propio sistema de VAR. Es ese que no te deja dormir por las noches mientras ves una repetición desde todos los ángulos del osote que hiciste en la oficina. El que tiempo después te sigue causando dolor cuando repasas 3,432 veces las jugadas de ese amor perdido; el gol que dejaste ir. 

Y aunque en ese análisis a detalle quizá, en el mejor de los casos, determines que te merecías una tarjeta amarilla en vez de la roja, ya no hay vuelta atrás. No tenemos ese lujo que actualmente tienen los árbitros, y sólo nos queda mentarnos la madre a nosotros mismos. 

 

Pero bueno, son estas cosas las que a la larga le dan jugo a la vida y carácter a nuestra personalidad. Pero mas importante, las que nos hacen ver interesantes con una cerveza para una historia de bar. Después de todo, ¿qué clase de plática tendrías si todo te ha salido bien en la vida? 

 

Son estas historias las que nos dan municiones cuando nos enredamos en batallas verbales donde sale victorioso el que mas cicatrices emocionales tiene. Aunque para ser sincero, a veces pienso que hubiera preferido ser un poco menos interesante si eso me hubiera evitado dolor.

Y quizá en el mundial del 2050, cuando mi hijo ya haya cometido el primer gran error de su vida, el pensará esto mismo, y se asombrará al saber que el destino de su historia está en su propias manos; un humano que, como su padre, no tiene ni puta idea de lo que está haciendo.

Suena la Pelota es una colección de columnas que usa al futbol como mera excusa para hablar de la vida.

HALFWAY HAPPY

I was thinking about the time we went driving through Beverly Hills. A lush, winding road flanked by palm trees and mountains. Big, beautiful mansions. You.

 

As we drove you talked about how you wanted a big house, out in the country. I wanted a small place in a big city. We drove to the edge of a cliff and stopped at a viewpoint to look at the city. Buildings, roads and houses of every shape and size. You saw possibilities and compromise. I choked.

GREAT EXPECTATIONS

I went to see a therapist the other day. Just to have a weekly thing to do more than anything. I think I’m going to buy a calendar soon. Hang it on my wall. And one by one, cross off the days leading up to nothing.

SUENA LA PELOTA: EL GOL DEL HELADO

El gol del helado era algo maravilloso. Una carrera contra el tiempo. Era motivación pura, ajena a cualquier circunstancia externa.

Así lo explica Edinson Cavani, flamante delantero de la selección charrúa, en una columna dedicada a sí mismo de pequeño. En su texto, el delantero Uruguayo explica que para mantener a los niños motivados, los organizadores de los campeonatos juveniles los incentivaban comprándole un helado al pequeño que anotara el último gol. Daba igual el resultado del juego. Si anotabas ese gol, el helado era tuyo.

En su emotiva columna Cavani le recalca a su yo de nueve años que disfrutara de la libertad de la que gozaba, pues después las cosas se complican. De grandes tratamos de aferrarnos a esa intensidad e inocencia tan propia de la infancia, pero “se nos escurre de las manos. Hay demasiadas responsabilidades. Demasiada presión. Demasiada vida vivida adentro.”

El inspirador texto del futbolista me hizo voltear hacia atrás, y me cayó el veinte que hace ya rato que crucé los veinte. Según cálculos que hice hace 15 años, ahorita debería estar jugando mi segundo mundial. El otro día me encontré una cana. Amigos, creo que me estoy haciendo viejo. Y con ello me doy cuenta que avanzar en edad no es mas que retroceder en inocencia.

El lunes por la mañana me senté frente al televisor y por primera vez en la vida más que esperanza sentí una resignación ya moldeada por la experiencia. He vivido ya siete eliminaciones dolorosas, y por segunda vez vi erguirse como máximo mandatario a un señor por el que no voté.

Siento la necesidad de hacer un paréntesis y aclarar que de política yo sólo sé dos cosas: nada y una chingada. Es por eso que muchas veces me expreso desde la óptica de las artes y del futbol. Consciente que son renglones importantes, pero con el pleno entendimiento que no es lo que más le urge a México.

En cualquier caso, me niego a ceder ante esta óptica más sesgada de ver la vida, alimentada por una mentalidad supuestamente más madura, que se deja influenciar más fácilmente por experiencias negativas del pasado.  

Por eso aunque no voté por AMLO, al ver a gente que admiro celebrar su victoria me nace darle el beneficio de la duda. Aunque sea porque es un sentimiento que se asemeja a la inocencia; una pequeña esperanza de que las cosas pueden mejorar. ¿Será esto lo que sintió la gente en el 2000?

No lo sé. Pero por sí o por no, prefiero perseguir el gol del helado, y seguir corriendo a pesar de cómo vaya el juego. Algo así como una inocencia intermitente. Un compromiso de encontrarme a mitad de camino con esta nueva etapa de mi vida.

Total, si cosas chingonas terminan por no suceder, al menos hay que enfrentar la previa imaginándolas, embriagados por una actitud optimista. El que quiere puede. Y si las evidencias no acompañan esta afirmación, pues las evidencias se lo pierden.

Suena la Pelota es una colección de columnas que usa al futbol como mera excusa para hablar de la vida.

HAY NOCHES

Hay noches que te guardan sorpresas. Tragos amargos que se esconden detrás de luminosas lunas llenas. Noches que extienden su brazo y empapan la madrugada, dónde ni el rubor de las estrellas que permanecen esclarecen la niebla. Donde sólo queda esperar que la noche, al igual que la vida, sea propensa a reinventarse.

BURG

SUENA LA PELOTA: DEL MUNDIAL NADIE SE ESCAPA

They owned the west coast. From LA to Anchorage, with strongholds in Oregon and Seattle. But the people holding down the fort rarely met. And when they did, days went by in a haze of cake, cards and gunpowder. I was lucky enough to be there on an unassuming weekend, where not much happened. But everything could.

Son tiempos de cambio. Se acaba la primera parte del mundial; México avanza; el vigente campeón queda fuera en primera fase después de 80 años; desde luego, está el tema de las inminentes elecciones; y, hay que decirlo, pronto me uniré al ejército de los godínez. Y yo detesto el cambio. Soy como esas salas en casa de los abuelos que se atoraron en los años setenta y se rehúsan a evolucionar. Desprecio el cambio, aunque sea lo único seguro en la vida.

 

Por suerte, está el mundial para ayudar a que resbale mejor. Pero empieza a preocuparme qué voy a hacer cuando éste termine.

 

Sucede que vengo regresando de estudiar y trabajar en Estados Unidos, y antes de darle reboot a mi vida y conseguir trabajo aquí en México he decidido extender un poco estas vacaciones fortuitas. Parecido un poco a las películas de Ocean’s Eleven, he vuelto para ese último atraco: robarme un poco de infancia antes de retirarme para siempre de la etapa de juventud infinita y adentrarme en el siguiente capítulo de mi vida. Pero contrario a George Clooney, me he quedado sin secuaces para esta misión, pues mis amigos godínez sólo están disponibles de viernes a sábado.

 

Entonces, me queda el mundial como único cómplice. Lo bueno es que hasta ahorita no ha decepcionado. A pesar de la derrota frente a Suecia, se vive un ambientazo en el país del que es imposible no contagiarse. Pero si con algo me quedo es con esos arrojos de mentalidad ganadora que ha exhibido México, resumido de brillante forma por la joya que se echó el señor Osorio: “hay que salir a jugar por el amor a ganar”.

 

Previo a la última jornada de esta fase de grupos, todo el país se convirtió en matemático y con nuestras calculadoras de cereal empezamos a especular sobre los diferentes escenarios. Es que si México pierde por un gol y Alemania gana, entonces dividimos las tarjetas amarillas por la raíz cuadrada del número de aficionados y lo más seguro es que quien sabe.

 

Ante esto, Guillermo Ochoa salió a declarar, palabras más, palabras menos, “ustedes tranquilos y nosotros con calma”, que le ganaremos a Suecia. Y no se ganó, pero por primera vez en mucho tiempo la suerte nos sonríe y la selección ganó hasta perdiendo. Y mejor aún, ya erradicamos el grito de puto de las tribunas de Rusia, y lo reemplazamos con algo mucho mejor y más mexicano. Definitivamente son tiempos de cambio muchachos.

 

Y así como el cambio constante, la otra cosa segura en la vida es el mundial. El mundial es como la lluvia o las grandes heladas: afecta a todo el mundo y nadie se puede escapar. Es inevitable. Y no queda más que dejarse llevar y disfrutarlo lo más posible porque, sin importar qué pase, cada cuatro años va estar ahí. Y ahora ante la falta de escuela o de trabajo, esa predictibilidad en la vida es más que bienvenida, aunque sea porque brinda una estructura. Una manera de medir logros y vivencias, con una regla de cuatro años de largo.

 

Y como todas las buenas historias, el mundial tiene esa paradoja de que queremos llegar al final y saber el desenlace, pero con cada juego que transcurre una parte de nosotros no quiere que se nos escape de las manos.

 

No sé que pasará mañana, ni cómo nos irá ante Brasil, ni mucho menos qué sucederá estos próximos seis años, pero mientras vivimos en el limbo del quien sabe, juguemos por el amor a ganar. Y no por el miedo a perder.

Suena la Pelota es una colección de columnas que usa al futbol como mera excusa para hablar de la vida.

HOME

I can smell the memories in the room

I can feel the yesterdays

and conjure up the instants that built them

I can sense the telling tales of times to come

and feel myself become one,

with the people that have called this place home

SUENA LA PELOTA: DE LUIS MIGUEL Y FUTBOL

Ha sido un inicio de verano inusual para México. Por primera vez en 12 años, coinciden votaciones presidenciales y un mundial, y la inminente votación ha dividido al país de acorde a las preferencias políticas tan polarizadas. Aunque por otro lado, todos nos hemos unido detrás de dos símbolos más mexicanos que el nopal: la Selección y Luis Miguel.  

 

Incluso previo al inicio del mundial, ya era palpable en el país el consenso de desprecio hacia Luisito Rey y Juan Carlos Osorio. Y aunque los motivos sean negativos, vale la pena destacar esa unión, aunque sea por su rareza.

 

Sucede que más allá de cualquier emoción futbolística o de los recientes resultados históricos, lo que más aprecio de los mundiales es precisamente ese vínculo tan fuerte, que sin importar gustos políticos, clases sociales o a que equipo le vas en la liga, nos empuja a todos a apoyar al tricolor.

 

Y si a esto le añadimos el fervor que ha causado la serie de El Sol… pues digamos que ha sido un mes en el que se ha sentido México en la piel.

 

Estos dos fenómenos sociales llegan quizá cuando más los necesitamos; en tiempos turbulentos resulta favorable tener escapes de calidad. Pero más que simples distracciones, la afamada serie y los históricos resultados de la selección simbolizan progreso en dos áreas que mucho bien pueden hacerle a este país y su futuro: el deporte y las artes.

 

Bien avisaba Juan Carlos Osorio que si las cosas siguen así, el mercado internacional “se fijará más en los jugadores mexicanos.” Y es fácil vislumbrar que en un futuro la selección será más exigida, y no aceptaremos una derrota frente a los teutones tan fácilmente.

 

Asimismo, Pepe Montalvo, publicista, argumenta que la creatividad puede salvar a México. En su inspiradora TEDx Talk, él explica que en un país con incontables casos de éxito en rubros como gastronomía, música y cine, México puede apoyarse en las industrias creativas para llevar a cabo una importante transformación social y económica.

 

Ambas cosas pueden dar lugar a círculos virtuosos que nos mejoren aquí y ahora. No hace falta ver más lejos de la serie de Luis Miguel, que representa una mejora de tres pisos sobre cualquier telenovela. Pero más allá de eso, son logros que a la larga nos pueden dar una mejor y mayor proyección en el extranjero.

 

Y mientras los políticos, culpables o no, nos mienten como siempre, los mexicanos hay que aferramos a estas cosas positivas.

 

E imaginar cosas chingonas carajo.  

Suena la Pelota es una colección de columnas que usa al futbol como mera excusa para hablar de la vida.

SUENA LA PELOTA: HISTORIAS FANTÁSTICAS

Al llegar a Los Ángeles tuvo que lidiar con prejuicios absurdos. Ya entrada la década de los noventa y con cierta trayectoria sobre sus hombros, él quería contar historias fantásticas, aunque lo único que le ofrecían eran temas de toreros, mariachis o migración.  

 

Un día tuvo una junta con un importante jefe de estudio y por más de una hora le hizo un pitch de una película. Al terminar, el productor gringo le pregunta que quién va a escribir el guión, a lo que el cineasta responde que él mismo. ‘Con todo respeto,’ pregunta el productor ‘¿pero cómo está tu inglés?’ A lo que Guillermo del Toro plantó cara diciendo: ‘Mejor que el tuyo. ¿Acabamos de hablar una hora y me preguntas eso?’1 .

 

Recuerdo que mientras esperaba con ansias Corea/Japón, primer mundial que vi a los ocho años, mi conocimiento de la plantilla mexicana se limitaba a Cuauhtémoc Blanco y a Jared Borgetti, quien con su cabeza puso el nombre de México en alto.

 

Esa falta de conocimiento la recuerdo reflejada en los meses previo al arranque, cuando mi papá me dijo que en el sorteo mundialista habíamos quedado en el mismo grupo que Alemania, Argentina y Brasil. Yo respondí “qué chido”. Mi papá después me tuvo que explicar que estaba bromeando.

 

Pero más difícil aún, me tuvo que explicar por qué pensó que eso sería una broma.

 

Viéndolo en retrospectiva, esa inocencia para disfrutar del futbol escondía muchas ventajas; sí, era una visión limitada, aunque todavía no empañada por complejos o prejuicios. Ahora “de grande”, le pregunté a un amigo la semana pasada qué opinaba del juego contra Alemania. Me dijo que ni de chiste lo ganábamos. Cuando le pedí ahondar en los porqués, no supo qué decir. Y no es su culpa. Es parte de la sociedad en la que crecimos, donde de tweet en tweet queda reflejada una mentalidad con complejos de inferioridad.

 

Han pasado 16 años desde aquella broma de mi papá que no funcionó, y la inocencia se ha ido. Pero ahora, con más herramientas de análisis, me voy al pasado y encuentro evidencias de que México ha estado a centímetros de derribar potencias. El gol anulado del “Abuelo” Cruz en el ’86; el fallo de Luis Hernández y el poste del “Cabrito” en el ’98; el golazo de Maxi Rodríguez que necesitó Argentina en el 2006; el fuera de lugar de Tevez en Sudáfrica.

 

Todo esto sólo me dice que el destino es frágil, y que en universos alternos la selección está acostumbrada a triunfar.

 

Cosas más difíciles han pasado. A veces sólo hace falta un poco de inocencia; afrontes de actitud para salir adelante. Ojo, no digo que vamos a ganar. Digo que no cuesta creer, y menos cuando el pasado demuestra que tenemos argumentos para eso. Y así como Del Toro, también creo que estamos listos para contar historias fantásticas.  

 

Como ganarle a Alemania.

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